Bosnia-Herzegovina representa uno de los casos más tristes y difíciles de la historia reciente de la humanidad.
Tras una primera mitad del siglo XX repleta de conflictos y problemas étnicos en la zona de los Balcanes, parecía que el destino le reservaba al país unos años de relativa paz y prosperidad dentro de la Republica Socialista Federal de Yugoslavia, aunque bajo la férrea mano comunista del Mariscal Tito. Pero los motivos para creer en un futuro tranquilo se desmoronan en 1980, con la muerte del dictador.
Desde la década de los 80, la convivencia se hace más complicada y la situación termina de explotar con la llegada al poder en 1989 de Slovodan Milosevic y su plan de construir una “gran Serbia”. Tras dos años de tensiones y poco después de la independencia de Croacia y Eslovenia, la guerra vuelve a estallar en la zona y en 1992 establece su frente más sangriento en Bosnia, que perdió medio millón de habitantes durante la guerra, y, sobre todo, en el asedio a Sarajevo.
La capital bosnia sufrió el acoso del Ejército Federal Serbio desde abril de 1992 hasta 1995. Por desgracia, el enclave era perfecto para una acción de este tipo. La artillería serbia se estableció desde el primer momento en las colinas que rodean la ciudad y desde allí bombardeó con furia inusitada y sin piedad el valle donde se sitúa Sarajevo. Los fríos números reflejan las atrocidades que se cometieron durante los cuarenta meses de ataques. Más de diez mil personas perdieron la vida sólo en la capital, mil quinientas de ellas niños. A las víctimas mortales hay que sumar otros cincuenta mil heridos y la destrucción de cientos de edificios y hogares, lo que obligó a los habitantes a refugiarse entre las ruinas o a vivir en plena calle.
El ensañamiento serbio alcanzó tales cotas que aún hoy, cuando se recorre la ciudad, se aprecian los desperfectos causados por los proyectiles y los obuses en las fachadas de gran parte de las construcciones. Estos recuerdos provocan escalofríos que llegan a su punto álgido frente a la antigua sede del Gobierno. El edificio sobrevive derrotado en una de las principales avenidas de la localidad, a unos centenares de metros del famoso “Holiday Inn”, el hotel de los periodistas durante el conflicto. La mole de cemento resiste a duras penas, agujereado por doquier y con dos enormes boquetes provocados por las bombas enemigas. Cuando el visitante se detiene ante él, lo primero que se pregunta es por qué los bosnios lo mantienen de esa manera dado que la guerra finalizó hace ya ocho años. Quizá el objetivo sea no olvidar jamás lo ocurrido. Aunque por lo visto hasta ahora, la ley que afirma que la historia se repite cíclicamente no tiene mejor escenario donde aplicarse que en Bosnia y los Balcanes.
En la actualidad, la capital bosnia intenta resurgir de las cenizas y muestra al viajero su rica historia y la mezcla de culturas que la definen. Por un lado, Sarajevo reúne elementos típicos de una ciudad oriental, recuerdos de su época turca. En los barrios árabes, cientos de minaretes de las mezquitas dominan el paisaje. Las callejuelas angostas transportan al caminante entre antiguas casas llevándolos, en muchas ocasiones, a pequeñas plazas donde la vida vuelve a fluir. Además, para completar el cuadro tradicional, los bazares cumplen su función y se establecen para vender al turista todo tipo de objetos. En estos mercados se pueden encontrar productos de madera, latón, bronce o incluso objetos relacionados con la guerra, como vainas de proyectiles labradas a mano o bolígrafos construidos a partir de balas de fusil. Y como colofón, la comida turca. Decenas de establecimientos preparan “kebabs” u otros platos turcos a buen precio para que el turista deguste una cocina que juega con los sabores y las especias.
El resto de la ciudad se deja llevar por su occidentalidad. Las sendas peatonales se encuentran repletas a cualquier hora del día de ciudadanos o viajeros que visitan el nada desdeñable patrimonio histórico. En las calles, el tráfico rodado y los tranvías recorren la superficie que ocupa la tendida Sarajevo, que si bien no llega al medio millón de habitantes, iguala en extensión a las grandes ciudades. Pero sus gentes componen, sin duda, el valor principal de la ciudad. El habitante de Sarajevo es afable y dispuesto a ayudar. Pese a los años pasados y su actual situación, con un sueldo medio de unos 300 euros, el carácter de los bosnios no ha cambiado y sus ganas de conversar con el extranjero les hace especialmente agradables. No dudan en relatar como pasaron los tres años de asedio serbio pero tampoco se esconden a la hora se asegurar que su ciudad, más pronto que tarde, alcanzará el encanto y la notoriedad que consiguió con la celebración de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984.
Entre Sarajevo y la croata Dubrovnik se asienta Mostar. A pesar de su interés turístico, en España se conoce tristemente a la principal localidad de Herzegovina por ser una de las sedes de los cascos azules españoles tras el conflicto. Antes de la guerra, Mostar se enorgullecía de Kujundziluk, su barrio árabe, pero tras un ataque continuado croata de diez meses, esa parte de la ciudad quedo literalmente destruida. Decenas de mezquitas y de viviendas se redujeron a escombros bajo la artillería y el símbolo principal, el puente turco sobre el río Neretva del sigo XVI, no corrió mejor suerte. Hoy en día las fuerzas internacionales, sobre todo españolas, intentan rescatar de las aguas las piedras que una vez unieron ambas orillas. Mientras tanto, en lo que dure la reconstrucción, un desnudo viaducto intentará ocultar los desastres provocados por la beligerancia humana.
También Jajce se encuentra situada estratégicamente, esta vez entre Sarajevo y Zagreb, la capital croata. Como el resto de la nación, la ciudad cuenta con un antes y un después con la omnipresente lucha armada como punto de inflexión. Hasta el siglo XV Jajce acogió a los reyes cristianos de Bosnia pero más tarde, los turcos se hicieron con el enclave y desarrollaron su cultura en la zona durante cientos de años. El resultado vuelve a ser una mezcla de culturas que revierte en la importancia artística y patrimonial del lugar. Antes de llegar ya se advierte una muralla medieval que acoge un buen número de mezquitas e iglesias cristianas en aparente armonía, una convivencia que se vio interrumpida en 1992 por el ejército serbio con uno de los episodios más duros de la contienda. A Jajce se la recordará en los libros de historia por dos hechos. En primer lugar, en ella Tito se proclamó en 1943 líder de Yugoslavia, con la redacción de un texto constitucional que alejaba al rey Pedro II del poder. Por otro lado, en 1992 se produjo en sus calles uno de los éxodos más brutales de la guerra. En total, unos 35.000 musulmanes tuvieron que abandonar sus casas cargadas de historia y dejaron atrás las murallas sin rumbo fijo ni esperanza posible.

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