Brasil representa el 43% de la superficie total de América del sur, con 8,5 millones de Km². y aporta 175 millones de habitantes al subcontinente.
Las estadísticas le otorgan el quinto puesto tanto en la lista de países de mayor tamaño como en la de los más poblados del planeta, pero si se confeccionara una clasificación de las naciones más atrayentes, seguramente Brasil se encontraría aún más arriba.
Los atractivos del inmenso país suramericano resultan muy variados, y quizás por ello se trate de un destino que gusta a todo tipo de personas. Los parques naturales de la zona aseguran a los amantes de lo salvaje entretenimiento continuo durante su estancia.
Por el contrario, si el visitante busca mezclarse con la población local y sentir su estilo de vida como propio, no hay nada mejor que programar unos días en cualquiera de las grandes ciudades brasileñas. Incluso el viajero cultural tiene su espacio en la antigua colonia portuguesa.
Brasilia es un ejemplo casi único de ciudad construida exclusivamente para un fin, convertirse en capital del estado. Un estado gobernado, en el momento de nuestra visita, por Lula, otro caso sin precedentes, pues se trata de un antiguo obrero metalúrgico convertido en presidente.
La historia brasileña resulta tan destacada como los atractivos actuales del gigante iberoamericano. En el año 1.500, el portugués Pedro Alvares partió desde Lisboa con 13 barcos y 1.200 hombres. El marino fijó su objetivo en llegar a las Indias pero su trayecto finalizó muy próximo a lo que ahora se conoce como Porto Seguro, aunque no se sabe si amarró de forma accidental o ya se sospechaba la situación del actual Brasil en aquella época. Desde el siglo XVI, la colonización prosperó gracias al cultivo de la caña de azúcar con indios capturados en la zona. Más tarde, los portugueses reemplazaron a los esclavos autóctonos por otros capturados en África que además se vieron obligados a extraer oro de las minas recién excavadas.
El hecho más interesante del pasado brasileño ocurre en 1807, cuando el ejército de Napoleón ocupa Portugal. Joao VI, el entonces Príncipe Regente del país europeo, se traslada al nuevo mundo y poco después designa a Río de Janeiro como la capital del “Reino Unido de Portugal, Brasil y el Algarve”. De esta manera, Brasil se convirtió en la primera y única colonia sede de una monarquía europea. Aunque la situación se alargó por poco tiempo, pues una revolución liderada por Pedro, hijo de Joao VI, liberó a Brasil de Portugal en 1822 sin derramar ni una gota de sangre.
Hoy en día, Brasil vive otro momento al menos destacado. Desde hace poco más de un año, Luis Ignacio Da Silva, Lula, dirige los destinos de la nación con políticas que intentan acabar por todos los medios con la pobreza, el hambre y el desempleo. Lula nació en Pernambuco en 1945 y desde muy joven se empleó en distintos puestos para aportar dinero a la exigua renta familiar. 18 años después, el ahora presidente completó un curso de tornero que le permitió afianzarse en la industria metalúrgica, donde ya trabajaba desde hacía casi un lustro. Al mismo tiempo que llegaba el hombre a la luna, en 1969, Luis Ignacio Da Silva entró en el sindicato del metal y comenzó así una sorprendente carrera política que le transportó del puesto de operario metalúrgico al despacho oficial en Brasilia. Antes de conseguirlo, Lula se presentó a las elecciones en varias ocasiones, pero primero Fernando Collor de Mello y posteriormente Fernando Henrique Cardoso le superaron en las urnas. De todas maneras, el cambio en Brasil se veía venir y el 27 de octubre de 2002 el “Partido de los Trabajadores”, con Lula al frente, recibió el apoyo de 53 millones de brasileños, un soporte suficiente para hacerse con el poder. Río de Janeiro y Sao Paulo constituyen los dos lugares que más se beneficiarán de las líneas maestras de la política de Lula, si se llevan a cabo tal y como se diseñaron.
En Río de Janeiro, otra capital de Brasil, confluyen las características que mejor definen al país. La belleza se muestra en sendos montes, el Corcovado, con la monumental estatua del Cristo Redentor en la cima, y el no menos famoso Pan de Azúcar. La naturaleza también tiene cabida en la gran urbe con el Parque Natural de Tijuca, una densa jungla tropical que rodea Río. Como en el resto de Brasil, la diversión y el placer también ocupan un lugar importante en la ciudad Carioca. Las playas de Ipanema y Copacabana son, posiblemente, las más famosas del planeta. Millones de personas se bañan y toman el sol en ellas en busca de los cuerpos esculturales que anuncia el tópico. Por si fuera poco, el carnaval de Río completa con creces el aspecto lúdico de la ciudad. Pero por desgracia, las favelas, o lo que es lo mismo, el hambre y la pobreza, forman otra imagen habitual de la nación y de Río de Janeiro. Resulta sobrecogedor conocer que, sólo en Río, unos tres millones de seres humanos habitan entre cartones, chapas y basura.
Pero el gran núcleo urbano brasileño no es Río de Janeiro sino Sao Paulo. Con 17 millones de habitantes, compite en inmensidad y rapidez de crecimiento con urbes como México D.F o Bombay. Su población se basa en la inmigración y lo que más abunda en sus calles son descendientes de italianos y japoneses. Como casi todas las megalópolis, entre los problemas que más acucian a Sao Paulo se encuentran la violencia, la contaminación y el tráfico. Pero para ser justos con la ciudad, hay que resaltar también que se trata del mayor centro industrial del país y que su vida nocturna seducirá a cualquier extranjero que la experimente. Aunque resulta recomendable vivirla al lado de alguien que la conozca de antemano.
En un primer momento destaca que la capital del país sea Brasilia y no ninguna de las dos grandes ciudades descritas anteriormente. Brasilia, que se encuentra en el interior de la nación, cuenta con una peculiaridad casi única. Millones de campesinos trabajaron a contrarreloj durante cuatro años con un único fin, dotar a Brasil de una nueva capital. Característica que comparte, por ejemplo, con la australiana Canberra. La curiosa ciudad, proyectada para 800.000 habitantes, se inauguró en 1960 y en su construcción se respetaron por completo los planos realizados por los arquitectos Nyemeyer y Costa. El resultado salta a la vista, un espacio perfecto para la burocracia y los negocios pero no para vivir. Claro que seguramente este no sea el motivo por el que las miles de personas que trabajan en los sectores industriales y de servicios de la capital decidan vivir en chabolas a 30 Km. de distancia. En cuanto al ámbito natural, ningún visitante que viaja a Brasil pasa por alto un recorrido por las Cataratas de Iguazú, aunque la zona verde más conocida del país es la formada por la selva del Amazonas y el río del mismo nombre. El mágico entorno se forma gracias 3 Km. de saltos de agua con una altura de unos 80 metros en un cruce de caminos, o más bien de límites. Así, en las Cataratas de Iguazú se congregan fronteras de un trío de países, Argentina, Paraguay y el propio Brasil. Como siempre en estas latitudes, a la hora de planificar hay que tener en cuenta en que época se hará el viaje, pues unos días de tormentas continuas pueden arruinar la experiencia. Para conocer tranquilamente los saltos de Iguazú, lo mejor es acercarse entre los meses de agosto y noviembre.

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¿Cual es la mejor época del año para viajar a Brasil?
Gracias
Para mi los mejores meses para viajar a Brasil son de febrero a octubre.
¡Ah!, me olvidaba de decirte que si quieres ir a la Amazonia te recomiendo junio y julio como mejor época.
¿Tengo que vacunarme para alguna enfermedad si quiero viajar a Brasil?