Elegir un destino tan lejano como Cuba da la oportunidad al visitante de pensar durante el viaje en lo que se va a encontrar a su llegada. Las reflexiones se hacen más intensas cuanto más cerca de tocar suelo se encuentra el avión, momento que se anuncia de forma paulatina.
Tras varias horas en las que el mar domina el horizonte que se contempla desde las ventanillas, de repente comienzan a aparecer varias islas en la inmensidad cerúlea
Un anuncio del piloto asegura que el archipiélago que flota no es otro que las Bahamas y que, pasados unos minutos, el morro del avión enfilará la pista de aterrizaje del aeropuerto José Martí de La Habana. Las guías de viaje se cierran, las revistas se recogen, las luces se apagan y la sensación de impaciencia se intensifica más aún si cabe. Por fin, después de un leve traqueteo y un lento rodar por el asfalto, la mole voladora se detiene y el viajero se apea. En ese instante, el calor abofetea al recién llegado, la humedad se deja sentir en todos sus poros y el visitante, con un deje de emoción en sus ojos, da sus primeros pasos sobre el Caimán Verde.
Un breve paseo por la historia de un país nunca viene mal antes de recalar en él, pero en este caso se hace totalmente necesario. El pasado cubano se caracteriza por lo mismo que el de la mayoría de sus vecinos americanos. Salvo en pequeñas épocas, los designios de la política y de la vida isleña los han dictado terceros países, en este caso España durante cuatrocientos años y Estados Unidos durante otros tres. Y para cumplir la tradición, cuando los oriundos lograron sacudirse el control extranjero, los problemas de gobierno y las dictaduras hicieron su oportuna aparición.
De esta manera, desde que Colón echó el ancla en la isla en octubre de 1492 y hasta 1898, los dirigentes españoles manejaron el destino de Cuba en una mezcla de periodos de paz y cierta prosperidad y otros de conflictos e intentos de independencia. A finales del siglo XIX llegó por fin la oportunidad para los cubanos. Con el pretexto del hundimiento en La Habana del Maine, un buque de guerra estadounidense, la potencia norteamericana declaró la guerra a España. La contienda duró poco y en 1902 Estados Unidos cedió el poder recién adquirido al Gobierno local, no sin antes asegurarse ciertos privilegios comerciales y militares.
Desde entonces, el pueblo cubano ha pasado por dos etapas. La primera mitad del siglo XX se podría llamar la etapa democrática, con elecciones periódicas y participación en foros internacionales. Sin embargo, en 1952 la dictadura se instaló en la isla y ha permanecido inmutable hasta ahora con un violento cambio de protagonistas como única novedad. En un primer momento Batista pasó por el sillón presidencial, pero en 1959 un golpe militar perpetrado por Fidel Castro, con la inestimable ayuda del Che Guevara, obligó a Batista a abandonar La Habana. Aún hoy, el Comandante dirige con mano férrea el destino de uno de los últimos bastiones comunistas del planeta, a pesar de las presiones internacionales y del embargo estadounidense.
La Habana es el centro económico, social, turístico y, en definitiva, de todo lo cubano. La ciudad engaña pues aunque su población no es excesivamente numerosa, cuenta con unos dos millones de habitantes, su extensión si destaca. Como ejemplo, durante el trayecto de 25 Km. al aeropuerto, en ningún momento dejan de aparecer construcciones.
Como casi todas las localidades con un pasado importante, las zonas de La Habana se limitan con respecto a su época de construcción. La “Vieja Habana” centra todas las miradas del visitante y muestra, con más dignidad de la esperada en un principio, edificios de todo tipo levantados por los españoles. Así, en el centro de La Habana se pueden admirar desde fortalezas hasta un sinfín de iglesias, sin olvidar palacetes y mansiones que forjaron un pasado de gloria y viven un presente honroso gracias a décadas de reconstrucciones. Pero tanto en la parte antigua como en los barrios de reciente construcción, el principal atractivo de La Habana lo rubrica su vida, el ambiente que empapa al viajero y lo acepta desde el primer día. Los grandes coches americanos de los años 50 surcan el asfalto impulsados en su mayoría por pequeños motores japoneses. En las calles, los habitantes de la capital forman corros en las maltrechas aceras y charlan y sonríen sin parar acompañados de un buen cigarro y, por supuesto, del magnífico ron cubano. Aunque los isleños viven en una situación de pobreza alarmante, en sus caras no se atisba rastro de preocupación. Se trata de un modo de vida opuesto al europeo.
A pesar de las dificultades, el cubano se divierte, disfruta con la compañía del extranjero, con quién comenta las vicisitudes de la dictadura sin ningún temor, y pasa horas y horas en la calle. Tanto es así que a veces uno se pregunta cuando se trabaja en la ciudad.
La segunda urbe isleña, Santiago de Cuba, no envidia el pasado habanero aunque su importancia actual se ve ensombrecida por la capital. Ante el viajero se alza la más caribeña de las localidades de la isla y un importante foco cultural. Es cierto que no puede competir con el aura de la Universidad de La Habana, fundada en 1728, pero su trascendencia alcanza cotas destacables. A pesar del patrimonio histórico de la ciudad, Hernán Cortés ocupó por primera vez la alcaldía y su influencia permanece, el tesoro más buscado de Santiago de Cuba se encuentra en su cementerio. En el campo santo de “Santa Ifigenia” descansan numerosos héroes de la revolución, entre ellos José Martí, uno de los mártires de la patria, cuyo cuerpo embalsamado se exhibe al público como resultado de la admiración castrista.
La Isla de la Juventud permanece entre los lugares olvidados por las rutas turísticas, y muchos prefieren que siga así. El hecho de que las hordas de visitantes no la hayan invadido aún supone que la isla presente un aspecto un tanto salvaje, maquillado casi en exclusiva por la poderosa mano de la naturaleza. En épocas pasadas sus costas constituyeron inviolables escondites para piratas como Francis Drake, Thomas Baskerville o Henry Morgan. Por lo que no es de extrañar que Robert Louis Stevenson se inspirase en la Juventud para escribir su gran obra, La Isla del Tesoro.
Hoy en día, la escasa población se asienta en el norte mientras que el resto de la superficie, totalmente llana, se ve anegada por el segundo mayor pantano de Cuba. Tras la ciénaga, en Punta del Este, unas cuevas con pinturas rupestres recuerdan una escasa pero antiquísima presencia humana. Al sur de otra punta, la del Francés, se sitúa un pequeño paraíso para los buceadores de baja profundidad, un arrecife de coral habitado por tortugas, iguanas y pelícanos indiferentes a la presencia de los viajeros. Como se puede comprobar, la Isla de la Juventud contiene atractivos al gusto de casi todos.

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Cuba es uno de los países más interesantes que uno puede visitar. A lo poco que mejore su situación política y social, se convertirá en un lugar a tener muy en cuenta.
La isla de Cuba ofrece al turista unas vacaciones de Sol y playa que no se olvida fácilmente.
Hace poco que estuve en Cuba y me fascinó. Lo recomiendo.
Recordar que al planificar el viaje por Cuba hay que tener en cuenta la temporada de huracanes caribeños que, más o menos, empieza el día 1 de junio y finaliza el día 30 de noviembre.
Cuba es un país muy interesante desde muchos puntos de vista. Una población educada y muy cercana a los españoles que sintoniza perfectamente. Playas tropicales como Cayo Largo de una belleza increíble. En La Habana vieja, en recuperación, salvados gracias a la ayuda internacional numerosos edificios de un valor. extraordinario. El patrimonio de La Habana vieja hace de esta ciudad una de las más bellas de toda América Latina.
Interesante información para el turista sobre Cuba. En unas semanas iré de vacaciones a Cuba con unas amigas, ya os contaré cómo nos va por la isla.
¿Cuál es la mejor época para ir de vacaciones a Cuba? Gracias.
Yo te diría que cualquier época del año es buena para visitar la isla caribeña. Si puedes evitar la época de huracanes, mejor que mejor. En todo caso, Cuba te ofrecerá unas playas paridisiacas.