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Dinamarca: Diversión, historia y belleza natural

Dinamarca es el más sureño y pequeño de los denominados “Países Escandinavos”.

Con una extensión casi equivalente a la de Aragón y una población que apenas supera los cinco millones de habitantes, la nación se enorgullece de ser uno de los mejores lugares para vivir.

Las altísimas rentas de sus ciudadanos y la protección de un “Estado del bienestar” más que consolidado garantizan a los daneses un nivel de seguridad tal que los lugareños desvían sus preocupaciones del trabajo al ocio. Quizás por eso el tiempo libre se encuentra tan bien aprovechado en Dinamarca.

Lo primero que hay que hacer al llegar es elegir entre la urbe o el campo. Si se opta por la ciudad, los festivales de jazz, la música en directo en los bares o simples paseos por las impolutas calles harán las delicias del viajero. Por otro lado, el medio natural nos ofrece cientos de islas, verdes praderas y castillos en un excelente estado de conservación. Desde luego, lo que parece claro es que un viaje al país de los Lego no dará un minuto de descanso al visitante.

El centro neurálgico de Dinamarca es Copenhague, situada en la isla de Zelanda. Tras seis siglos como capital del Estado, Copenhague transmite al visitante la sensación de que allí no le faltará de nada, como si reivindicase que no por casualidad se trata de la ciudad más poblada de los países Escandinavos. La arquitectura urbana, más bien tradicional para tratarse de una capital de Estado, se alía con los canales y las amplias zonas verdes del corazón de la localidad para imprimir un aparente carácter sosegado al lugar. Pero la imagen cambia por completo cuando se recorre el Strøget, un interminable paseo peatonal que, junto con cinco calles que lo cruzan, forma una de las zonas peatonales con más antigüedad de Europa. En la gran avenida, la vida se eleva a su máxima expresión y adopta formas de espectáculos teatrales callejeros, pandillas de jóvenes con ganas de pasar un buen rato o decenas de cafés en los que tomarse un respiro.
 
A pesar de la fama de seriedad y frialdad de los nórdicos, la diversión del danés no acaba en el Strøget, sino que va más allá. Siguiendo el mismo paseo hasta uno de sus extremos, el viajero se encontrará con la puerta norte del Tivoli, un parque de atracciones con coloridos jardines que agita, revuelve y, en definitiva, alboroza a hordas de usuarios desde hace 150 años. Pero cuidado, todo aquel que piense a todas horas en el Tivoli debe asegurarse su funcionamiento durante las fechas del viaje. La algarabía se instala allí desde abril a septiembre y, como en el anuncio, vuelve a casa por Navidad.

Tras las horas de recreo en la capital y las visitas obligadas al museo Nacional y a maravillas como el distrito de Christianshavn o la isla de Slotsholmen, la segunda etapa del viaje se encamina hacia la isla de Funen, en busca del castillo de Egeskov. La fortaleza renacentista sorprende a propios y extraños tanto por el edificio en sí mismo como por el entorno en el que se encuentra. El castillo se levanta desde 1554 en el centro de un pequeño lago homónimo y descansa sobre una base de miles de troncos de roble, no en vano, su nombre se traduce como “bosque de robles”. Aparte de su imponente efigie, la construcción ofrece al turista mucho mas en su interior. Tras sus muros, Egeskov alberga una interesante colección de pinturas que comparten espacio con numerosos trofeos de caza y un sinfín de antigüedades.
Por su parte, los alrededores igualan a la fortaleza en cuanto a belleza y singularidad. El gran parque que rodea el lago se diseñó en 1700 con la idea de crear un paraíso de unas 15 hectáreas, lo que se consiguió gracias a una perfecta combinación de setos centenarios, jardines ingleses y hermosos pavos reales. Una vez finalizado el recorrido por el jardín, en Egeskov podemos iniciar otro, aunque sin saber el tiempo que tomará. Se trata de un paseo por un laberinto con paredes de bambú con doscientos años de antigüedad que tiene premio a la salida, pues el aventurero que la encuentre (no tengan miedo, que se sepa, todo el que ha entrado ha salido) podrá admirar en un museo una destacada muestra de coches de época.

De la antigüedad a nuestro tiempo, de los castillos medievales a los de juguete. En Dinamarca, en concreto en la península de Jutlandia, se encuentra Legoland, uno de esos lugares que permanecen siempre en el recuerdo por su peculiaridad. Como se puede adivinar nada más conocer el nombre, Legoland ofrece una realidad distinta, un mundo en miniatura, construido en su totalidad por millones de piezas Lego. De todas las zonas del parque, el sector que representa el puerto de Copenhague provoca más caras de asombro que ninguna otra. Los “artistas del Lego” no sólo se conformaron aquí con reproducir edificios y diques, sino que fueron más allá y copiaron también barcos, trenes y hasta las grúas de los muelles, a las que dotaron con movimiento automático.
 
Otro punto que cualquier danés recomendará visitar a un extranjero es Ribe, y parece un buen momento para hacerlo después de abandonar Legoland. Ribe se sitúa a unos 70 Km de carreteras sinuosas al sur del popular parque. Se sitúa ahora y se encontraba en el mismo lugar hace doce siglos, por lo que presume de ser la localidad más antigua de Dinamarca. Aunque hoy en día la ciudad no ostenta una importancia significativa, en sus primeros siglos de vida Ribe se coronó como uno de los principales focos comerciales de la región. Como prueba de esa categoría se alza la catedral, con una torre del siglo XIV de casi 30 metros de altura que brinda unas vistas magníficas de los alrededores. Además de la catedral, otros dos enclaves se encargan de mantener fresca la memoria de la ciudad. Así, el museo Ribes Vikinger y el Vikingecenter intentan, mediante reconstrucciones y antigüedades, que el pasado vikingo de Ribe permanezca anclado a la ciudad.

Por último, la manera ideal de finalizar el viaje es conocer Møns Klint. La idoneidad de esta última etapa del trayecto viene dada por dos hechos. El primero de ellos estriba en la cercanía del paraje con Copenhague, aunque se trata de una ventaja únicamente si el vuelo de vuelta parte de la capital. El segundo, y más interesante para un viajero empedernido, hace mención a la belleza del lugar, al que a menudo se le eleva al primer puesto entre los paisajes más hermosos de Dinamarca. Y razones no faltan para un trato tan deferente. El espectáculo natural se compone de acantilados blancos de 130 metros de altura, playas solitarias, el mar en azote continuo y un espeso bosque de hayas que hará las delicias del amante del senderismo. Todo en uno. ¿Se puede pedir algo más?.

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