Noruega comparte sus vecinos escandinavos el honor de pertenecer al grupo de los países más septentrionales de Europa. Se trata de un club selecto en el que no sólo la latitud cercana al Círculo Ártico del aspirante permite el acceso inmediato.
Sus miembros destacan por poseer unos paisajes de belleza inigualable y un gran atractivo para el visitante, se viaje en la época en la que se viaje.
La sola mención de Noruega hace que la mente vuele hacia gélidos parajes y tierras cubiertas por un gran manto blanco y no se puede decir que sea un tópico. Desde octubre y hasta abril la nieve y el hielo conquistan las tierras noruegas y recuerdan tiempos pasados en los que toda su superficie constituía un inmenso glaciar. El invierno se instala durante siete meses en este país nórdico y actúa con total impunidad sobre los casi 400 mil Km² de territorio. El resultado sorprende por su majestuosidad. Los grandes bosques se visten con ropajes invernales y miles de lagos se rinden a la rigurosidad invernal para convertirse en enormes pistas de patinaje naturales.
Cuando se circula por las carreteras y se dejan atrás las lagunas heladas, el viajero desea que nunca se borren de su memoria las vistas que se reflejan en su retina. Recuerdos que aflorarán junto con el persistente ronroneo que producen los clavos de los neumáticos contra el asfalto. Y así, paraje tras paraje, el trayecto puede finalizar perfectamente en la costa. Una costa interminable, de unos 2000 km de longitud, salpicada por cientos de fiordos. Lo primero que se advierte al llegar es que la temperatura se suaviza. Este cambio en el clima lo posibilita la Corriente del Niño que fluye, de sur a norte, a lo largo del país de “Eric el Rojo”. Aún así, en algunos momentos del difícil invierno se puede experimentar una sensación única para todo el que vive en latitudes mas sureñas. Si hay suerte y el tiempo lo permite, el viajero podrá pasear sobre el mar sin temor a que la gruesa capa de hielo ceda. Claro que el miedo siempre acompaña al que no está acostumbrado…
Llega el momento de recorrer los fiordos. El turista piensa que ya nada superará lo visto en el interior, pero se equivoca. Durante millones de años, los glaciares le ganaron la batalla a la tierra firme y esculpieron estos agrestes accidentes geográficos. Con unos cien metros de anchura de media, algunos de estos estrechos golfos se internan durante 200 km hacia el corazón del país de los vikingos. En estos lugares, el panorama es impresionante. Por arriba, las laderas y los acantilados que los flanquean alcanzan hasta 1000 metros, entre los que se reparten zonas verdes, escarpadas rocas y pueblos que parecen surgidos de la nada. Por abajo, el mar cubre profundidades que en ciertos casos, como en Sognefjord, sobrepasan los 1300 metros.
Desde Stavanger en el sur y hasta Kristiansund en el norte, los fiordos salpican la costa noruega comunicando el Mar del Norte con las cadenas montañesas del este. Cada uno contiene un encanto especial, pero cuatro se llevan las admiraciones de los visitantes. Al más reconocido se le apoda como “El Rey de los Fiordos”. Se trata, de nuevo, de Sognefjord, el más largo de los fiordos. De él no se destaca sólo su profundidad, sino también sus 203 Km. de longitud desde la línea de la costa hasta su angosta parte final.
Si lo que el turista busca son bellos parajes y vistas únicas, no hay duda que los encontrará en Naeroyfjord, otro de los más recordados por los viajeros. Para finalizar, dos fiordos más merecen una reseña en estas líneas. Por un lado, Geirangerfiord mostrará a quién así lo desee las más escarpadas cascadas de la zona. Por otro, Fiaerlandsfjord conquista con su aire bucólico y la tranquilidad que emana de sus pequeñas poblaciones salpicadas por doquier.
Los pequeños asentamientos se revelan como uno de los principales atractivos del país escandinavo. Los vikingos, sus antiguos habitantes, imprimieron en muchas de las localidades noruegas un estilo propio que todavía puede apreciarse en numerosas iglesias y castillos. Si a este hecho se le unen las características propias que reúnen los pueblos que viven tradicionalmente de la pesca, el paisaje rural adquiere una belleza digna de ser retratada.
Si el viajero es más inquieto y prefiere actividades más agotadoras que pasear por las poblaciones y la naturaleza, en Noruega se topará con el esquí como el deporte nacional. De hecho, la propia palabra procede del noruego y los lugareños afirman, no sin razón, que sus antepasados inventaron el deporte blanco por excelencia. Se mueva por donde se mueva, el visitante se encontrará siempre cerca de alguna estación de esquí. Además, los miles de kilómetros de pistas y los numerosos trampolines permanecen abiertos durante gran parte del año por lo que no hay excusa para no practicar este deporte tan típico por las latitudes escandinavas. Es más, incluso si se viaja en verano, sólo hay que acercarse a los glaciares de Finse, Stryn o a las montañas Jotunheimen para poder alardear de haber esquiado en pleno mes de julio a la vuelta de vacaciones.
Pero si esquiar durante el estío es motivo para presumir, no lo es menos el contemplar dos de los fenómenos naturales mas impresionantes de la tierra. El “sol de medianoche”, visible desde finales de mayo y hasta mediados de julio, permite al viajero vivir días sin fin en el norte del país. La intensa luz diurna da paso a una pálida claridad nocturna que hace que los norteños se olviden de los anocheceres durante varias semanas
Si la escapada a Noruega se realiza entre septiembre y abril, es decir, durante el invierno noruego, el espectáculo no desmerece. Solo hay que fijarse en la bóveda celeste durante la noche y observar extasiados como la oscuridad se ilumina con brillantes lenguas de luz que adquieren tonalidades verdes, azules, violetas o rojas. La ciencia explica que las “luces del norte” se producen cuando el plasma solar, formado por iones provenientes del astro rey, entra en contacto con los gases de la ionosfera y reaccionan en forma de brillo. La leyenda, por su parte, asegura que el zorro ártico produce el fenómeno cuando rocía el cielo de nieve con su cola. Seguramente todo aquel que vive una aurora boreal preferirá quedarse con la versión tradicional.

Otros Reportajes:
Holanda: Middelburg: La ciudad de la isla de Walcheren »
Noruega: Bergen: La belleza de los fiordos »




Estás en:

