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Rusia: San Petersburgo: La Venecia del Norte

San Petersburgo fue fundada en 1703 por Pedro el Grande, sobre el río Neva. Concretamente, en la desembocadura de éste al golfo de Finlandia.

La localidad fue construida como una fortaleza o ciudad “real”. Se trata de la “ventana a Europa” por donde llegarán el comercio y la cultura occidental a Rusia. Y es que Pedro el Grande, que se encargó de poner la primera piedra, daba mucha importancia a la comunicación del país con Europa y el mundo, en general. La construcción de San Petersburgo no fue nada fácil y costó muchas vidas. De este modo, ordenaron a los nobles que salieran de Moscú para trasladarse a la ciudad. Miles de siervos fallecieron, las construcciones de piedra se prohibieron en otras partes y además, cada visitante tuvo que pagar un impuesto en forma de diferentes rocas de tamaño grande. Sin embargo, desde su fundación deslumbró de tal manera que se convirtió en el corazón de Rusia. Así, escribió Pushkin: “frente a la nueva capital, Moscú ha inclinado la cabeza del mismo modo que la viuda imperial se inclina frente a la joven zarina”.

Se trata de una localidad muy original que no se asemeja a ninguna otra de Rusia. Así, diferentes artistas rusos y distintos arquitectos de varios países de Europa construyeron la ciudad. De este modo, encontramos en ésta todas las tendencias arquitectónicas de aquellos tiempos. En la actualidad, se ha convertido en un gran centro industrial, cultural y científico. También es donde bullen los negocios de la nueva Rusia. Se trata del centro de una libre zona económica, en la que viven más de nueve millones de personas. Diversos palacios, parques y fincas constituyen una de las ciudades más interesantes de Europa.

Una de sus bellezas es la magia que desprenden las noches blancas. Estas consisten en que el sol desaparece, pero no oscurece. Para contemplar este espectáculo, lo mejor es visitar San Petersburgo en el mes de junio o a principios de julio. El solsticio de verano se da el 22 de junio, cuando el día dura más de 18 horas. Se trata de la época más romántica para disfrutar la localidad. Uno puede salir a pasear por la noche, observar los barcos que navegan por el río o divisar como suben los puentes desde el centro de la ciudad. Las afueras de San Petersburgo son de gran popularidad y tienen una forma de semicírculo, como si de un collar se tratara. Destaca el conjunto de palacios y parques de Petrodvorets (antes Peterhof), Lomonósov (nombre del gran sabio, que se dio al antiguo Oranienbaum), Pushkin (que en honor al famoso poeta ruso pasó a llamarse Tsárskoye Seló) y Pávlovsk (residencia suburbana del emperador Pablo I). Todo ello constituye una de las maravillas de Rusia.

Uno de los museos de la ciudad que no nos podemos perder es el Ermitage, uno de los mejores que existen. Se ubica en cinco edificios que se yerguen en el margen izquierdo del río, en el histórico centro de la localidad. En éste encontramos diferentes piezas y muestras de arte pertenecientes a distintos lugares del mundo. Las colecciones del museo están repartidas en seis secciones y ocupan alrededor de trescientas cincuenta salas que contienen unos tres millones de piezas. En dichas salas podemos contemplar obras de grandes artistas como Leonardo, Rafael, Ticiano, Rubens, Rembrandt, Van Dyck, Rendir, Degas, Monett, Cezanne, Van Gogh o Picasso. Se trata del arte de Europa Occidental desde el siglo XIII hasta el XX.

El Palacio del príncipe Menshikov es el edificio de piedra más grande y más antiguo de la ciudad. Inicialmente, la construcción estaba compuesta por el edificio principal y dos alas. El palacio pertenece al primer barroco ruso, llamado también barroco petroviano. El Palacio del príncipe Menishkov se convirtió en una escuela militar, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Hoy en día, es una filial del Ermitage que expone muestras de la cultura rusa de los tiempos de Pedro el Grande.

El Museo Estatal Ruso no tiene menos interés que el anterior. Fue inaugurado por orden del último emperador, Nicolás II, en 1895 y es el museo de arte ruso más grande del mundo. La construcción consta de cuatro palacios que están ubicados en el centro histórico de San Petersburgo. Estos edificios plasman la arquitectura rusa de estilo barroco (Palacio de Stroganov) y de estilo neoclásico (Palacio de Mármol, Palacio de Miguel). Tenemos una maravillosa vista del edificio principal del museo, desde la avenida Nevsky. Se trata del palacio antiguo del Gran Duque Michael Pavlovich (Mikhailovsky Palace) hijo pequeño del zar Pablo. El Museo Ruso expone un total de 400.000 obras de arte, pertenecientes a las diferentes etapas de la historia rusa, desde el siglo X hasta nuestros días. En éstas hallamos diferentes formas y géneros del arte ruso. Destaca la única colección de iconos antiguos, así como los distintos cuadros y esculturas. También encontramos, en este museo, una gran colección vanguardista.

Siguiendo con el tema de museos, el edificio de la Cámara de las Curiosidades abarca el Museo de Antropología y Ethnografía, el Museo Memorial de Lomonosov y el Instituto de Etnología y Antropología Étnica. Los artífices de la construcción son los grandes arquitectos del siglo XVIII: Zemtsov, Mattamovi, Herbel, etc. En la Cámara de las Curiosidades hallamos dos alas de tres pisos, realizadas en estilo barroco. La Cámara de las Curiosidades fue creada con el fin de abarcar la biblioteca y el museo más viejo de Rusia. Fue fundada en 1714 por Pedro I.

A San Petersburgo se la suele llamar la “Venecia del Norte”. Y es que la ciudad de hoy es en realidad un conglomerado de 42 islas y 86 canales. Queda abrazada por el río Neva y está diseñada de forma armónica. Para que uno no se pierda, encontramos tres doradas agujas que indican la senda: la del Almirantazgo, la de la iglesia de San Pedro y San Pablo y la de las columnas. La ciudad, desde sus orígenes hasta hoy, ha estado siempre buscando su auténtica identidad. Así, cambió de nombre tres veces (San Petersburgo, Petrogrado y Leningrado) hasta que en 1991, por referéndum, volvió a tener el primer nombre. Pero sea cual sea, siempre nos recordará a una Venecia blanca, de permanente invierno. A no ser que vayamos en verano.

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